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viernes, 29 de junio de 2012

CON DIEZ CAÑONES POR BANDA

…Y llegó el gran día, fieles a nuestra cita, a las seis de la tarde, la dirección del Meliá se vio en la agradable necesidad de reforzar su personal ¡!!Manuel!! ¡! Manuel!! Llama a personal y que nos manden refuerzos, o ha llegado un barco o bien ha sido un autobús, pero tenemos el hall hasta la bandera y eso que todavía no es primero de mes…pero mi gozo en un pozo. A las seis en punto, don Carlos Bermejo, dio la orden de marcha y el bravo batallón, provisto de sombreros de combate y sombrillas automáticas, todos a una, nos lanzamos a la conquista del Juan Carlos I y una hora después ya teníamos rendida a toda la tripulación a nuestros pies. El camino desde el hotel Meliá hasta la antigua estación de pasajeros, final del muelle catorce, se hizo pesado, el sol capitán redondo, con su chaleco de raso, trató de menguar nuestras huestes, pero no sabía con quien se las jugaba, cincuenta (o más) guerreros insensibles a pequeños soles y además arropados por Belén Esteban y su siempre presente Jefe, Vicente acompañado de su simpática y bella esposa quienes a la retaguardia de la formación, se ocupaban de inmortalizar aquellos calurosos momentos maquina en ristre (y hasta a veces arrastrando por el suelo) no perdían ocasión de inmortalizar el evento. En el primer asalto, sufrimos la primera baja, cuando la pobre pepaherrero terminó de subir aquella empinada cuesta, hecha sólo para que la pudieran subir tan sólo los camiones del ejercito del agua salada y hasta tal vez, algún caballo de tiro, su fuerza se quedó colgada del ala de aquel avión que desde la parte trasera del barco, parecía invitarla a hacer el viaje de vuelta volando. Los más que atentos marinos de nuestro primer barco, estuvieron atentos y al ver el mal color de cara, que se le había quedado a la niña, un primoroso sargento, le ofreció su hombro, para que así pudiera descansar. El recio y fibrado brazo de nuestro héroe, tuvo el poder de devolver de nuevo a la vida, al cuerpo roto por el esfuerzo de nuestra heroína (en el buen sentido ¡eh!). Allí se acabó la fiesta, allí quedó en nada la visita no por deseada, menos trabajada. Otros acabaron como héroes la visita al barco. Y quizás ellos podrían terminar la crónica de esta tarde de paseo y diversión, pero a mí, me abandonaron las fuerzas y como no me pudieron sacar en parihuelas, mi marido, tiró y tiró de mí, hasta que con ayuda de la sombrilla no por China, menos automática, conseguimos llegar hasta la civilización, donde cogiendo el veintiuno, nos dejó en la puerta de casa y aquí estoy en la cama, terminando de contar esta bella historia y poniendo los huesos en remojo, a ver si así, se me pasa el cansancio acumulado. pepaherrero

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