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miércoles, 24 de julio de 2013

LUNA LLENA

Y en el campo la manada. Y en el campo los niños hombres que quieren ser toreros, tienen que conseguir aislar aquel toro, tienen que enfrentarse a él, pero no es tarea fácil, a lo lejos ladran los perros, parece que huelen el aire y parecen querer avisar a los pastores…cuidado, cuidado… controlad a esos niños, no los dejéis jugar con la muerte… Cuando consiguieron separar al toro negro zaíno, se abrió el capote de Manolo, toda la vida había estado esperando aquella oportunidad, mientras los otros niños vigilaban a los perros y a los pastores, Manolo se comió su miedo, ya era tarde para hacerse atrás, los demás lo llamarían cobarde y le dirían que ellos habían arriesgado sus vidas, para apartar al toro de sus miedos. La luna vio a Manolo hacer la señal de la cruz, después se fue a buscar al bicho y mirando al cielo, le pidió protección a la luna. La luna escondió su cara detrás de una nube, miró para otro sitio, no se quiso comprometer, era sólo cosa del niño y del toro, no dejó que la nube siguiera su camino, para entretenerla, le habló de aquellos otros tiempos, cuando la dehesa era tan sólo una laguna, cuando en los jarales, sólo corrían aquellos caballos árabes, que eran envidia del mundo…pero la nube tenía prisa, tenía que llevar la noticia por todos los rincones del campo. Cuando la luna volvió a mirar al niño, no tuvo más remedio que echarle una mano, viéndolo envuelto en aquella franela, viéndolo hacerse mayor delante de los cuernos del toro, hizo de la noche día, hizo que el niño comiera toro y miedo y el niño en aquel campo se hizo hombre, supo lo que vale un miedo, aprendió con la luz de la luna a vivir la muerte. ¡Eh…eh, toro…! Y su voz no era su voz, su voz se había convertido en la voz de mando del hombre sobre la bestia, allí se dejó su miedo y nunca volvió a recogerlo, triunfó en la plaza y triunfó en la vida, respetó y fue respetado por compañeros y por la prensa, cuando sonaban los clarines del miedo en las plazas, él sólo escuchaba aquella voz que desde arriba le decía, vamos mi niño a por él…y desde los medios se escuchaba su voz que una y otra vez repetía ¡eh..eh, toro y mientras el toro y el capote, ceñían su cintura, él en vez de mirar al toro, miraba al cielo y veía a su luna, la luna que antes le había ayudado en el campo, ahora lucía un ramo de claveles para su niño, pero allí escondida, sin que nadie la viera…allí estaba la muerte. pepaherrero

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