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viernes, 16 de marzo de 2012

EL CARDENAL 2ª Y ÚLTIMA PARTE

Esperanza esperó a que todos hubieran felicitado a su nieto, la alegría desbordaba a toda la familia, sólo la anciana y el misacantano, parecían estar en otro mundo, cuando pudieron quedarse solos, la abuela se dirigió al nieto y su voz suave y dulce, le salió del fondo del corazón. ¿Qué te pasa Luisito? Piensa en que estoy sufriendo y a mí edad, no sé cuanto tiempo podré aguantar el verte sufrir a ti, la abrazó, la abrazó como sólo se puede abrazar a una novia, como sólo se puede abrazar a la abuela más querida. Y le pidió de rodillas que lo escuchara en confesión. Su abuela le puso la mano en la cabeza y le preguntó, quien era ella. No lo sé abuela, pero me hace sufrir, sólo la vi una vez y mi alma y mi corazón, le pertenecen, son de aquella mujer, de la que ni siquiera sé su nombre. Si una abuela, no es capaz de sacrificarse por su nieto, Esperanza si, con la excusa de que quería ver a Fernanda, que hacía tiempo que no la veía, dejó que su familia, partiera hacia tierras Asturianas, ella les prometió que en ver a Fernanda y estar con ella unos días regresaría, no sin antes avisarlos. Desde la estación de autobuses, hizo el camino hasta el horno, “horno viejo” se llamaba, Esperanza no se anduvo con chiquitas, lo primero que hizo, fue preguntar por la joven…la joven…esa, la joven, ellos ya sabían a quien se refería. La dueña del horno “horno viejo” sintió como sus ojos se anegaban de lágrimas, señora, perdone, pero es que mi hija…su rostro inundado por las lágrimas, era la desesperación misma. Rafael, su marido intervino para decirle a la anciana que su hija, había caído enferma desde hacía un año y que en vez de poder afrontar la enfermedad, la enfermedad la había ido venciendo y ya hacía un mes que…la abuela regresó al seminario, donde pudo hablar con Luis, con el pretexto de que estaba enferma y que tenía que dejar claras las cosas a sus nieto. La conversación fue larga y lloraron la abuela y el nieto, después de más de dos horas, un taxi recogió a la desconsolada abuela. El camino hasta su tierra natal, fue largo y duro, a ella le hubiera gustado poderse quedar con su nieto del alma… Hoy veinte años después, aquel joven misacantano, al recibir el capelo cardenalicio, sigue viendo tan claro como aquel día, el rostro de su amada, aquella mujer que marcó el camino de su vida, aquella mujer a la que nunca conoció, a la que aquel jueves vio por casualidad, como podía haberla visto otro día cualquiera, pero fue justo aquel, se enamoraron los dos, ella murió en cuerpo y alma y él fue la vela que siempre la alumbró. Réquiem aeternam dona eis, Domine et lux perpetua luceat eis. pepaherrero

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