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jueves, 15 de marzo de 2012

EL CARDENAL

Eran tiempos en los que no estaban al día las vocaciones, hasta llegaron momentos, en que la iglesia no encontraba de donde sacar gente joven, para renovar su sangre. Cuando llegó al seminario, Luis no tenía claro lo que iba a hacer con su vida y aunque siempre había destacado por su buen carácter y por su respeto a sus mayores, en el asunto de la fe…a veces él sólo, se encontraba mirando para el norte y su norte estaba…en el seminario, el padre Ismael, se había tomado el trabajo de ser su conciencia, cuando los ánimos de Luis se encontraban bajos, el padre Ismael, era el encargado de hacerlo volver al redil. Como todos los jueves a las cuatro de la tarde, salían los seminaristas, siempre formados, siempre en silencio, sus visitas se limitaban a visitar el centro de la ciudad, el barrio antiguo y a última hora llegaban hasta las murallas, donde dejaban sus almas volar hasta…el alma de Luis, tenía la costumbre de volar muy lejos y a veces él parecía estar en trance, cuando la raya sonrosada de la tarde caía y la noche amenazaba con dejar a los seminaristas, con sus sueños perdidos, el padre Manuel de forma inesperada, daba unas palmas, que tenían la virtud de despertar a aquellos jóvenes y prepararlos para la vuelta al seminario. Esa tarde, Luis no escuchó las palmas del Padre Manuel, al pasar por cerca del horno, donde los silenciosos seminaristas y en voz baja, comentaban el amor con que sus narices se comían los manjares que de allí emanaban. Fue sólo un segundo, ¡no! Menos, sólo una fracción, pero se abrió la puerta de la terraza, sólo para que la mano de Teresa, dejara el cubo detrás de la puerta. Ni ella ni él, se buscaron las miradas, pero el destino, a veces tan cruel, hizo que al mirarse, los dos vieran hasta el fondo de sus almas. Cuando Luis cantó misa, su familia vino desde Asturias, para acompañarlo, la abuela Esperanza, que había criado a su Luis desde que nació, vio como aquella mosca cruzaba la frente de su nieto, era su nieto y lo llevaba en su corazón, él no podía engañarla, aunque hubiera querido, cosa que Luis nunca hubiera hecho, pues su abuela, en su poca fe, se hubiera dicho que era su verdadero Dios.pepaherrero.-FIN 1ª PARTE DE 2

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